El síndrome del impostor, ¿o la sociedad que lo fomenta?     

                                                                                                      Por Olimpia Montoya

Quien experimenta el síndrome del impostor se siente incapaz de reconocer sus propios logros, percibiéndose como un fraude. Puede experimentar temor por ser “descubierto” y perderlo todo.

Dicen que para que algo exista se tiene que medir. Para saber si hay avances o retrocesos, subidas o bajadas tiene que hacerse una medición, y aquí está el tema complicado con nosotros los humanos: ¿cómo medirse?, ¿de dónde partir?

Cada individuo es inmensamente diferente (con sus propios deseos, propósitos, personalidad, intereses, valores, cosas que lo hacen reír), que depende de sí mismo para plantearse lo que realmente importa en su vida. Medir es definir.

Si cada uno de nosotros no toma el tiempo y la calma para responderse, de manera sincera, ¿qué es lo que queremos en nuestra vida?, no tendremos claro el camino, mucho menos la capacidad de reconocer cuando ya hayamos hecho un avance para lograr nuestros objetivos.

Hacer esa pausa es sumamente importante, pues ayudará a conocernos y definirnos; a saciarse del propio camino; tener presente la propia plenitud, la definición, ruta y objetivo de la felicidad personal.

Si cada uno conoce y honra su propio camino, ¿entonces por qué sentirse un fraude?, ¿comparado con quién?, ¿cómo serías impostor de tu propio cuento?, ¿quién va a descubrir tu escasez?

Si no defines tus propios términos y condiciones, la sociedad se encargará de hacerlo, porque es más fácil comparar que definir. Es mucho más simple e implica menos trabajo y tiempo, pero es dañino. Tenemos conectividad y comunicación más que nunca en la historia de la humanidad, por eso es común limitarnos a la fácil y llevadera tarea de compararnos en/con otras personas en redes sociales.

Al ser tan accesible y entretenido, es el motivo de procrastinación de moda: compararnos en redes sociales. Pasar minutos y horas viendo “novedades” —así se les dice— para evitar un poquito la culpa. Pero la realidad es que todo ese tiempo es dedicado a la comparación, a desear lo que no se tiene o no se es. Y con esto sentirse fraudulento por no ser. Comparamos nuestro único e irrepetible cuerpo con otros, y se corre el riesgo (sobre todo si no hicimos nuestra propia medición personal de éxito y felicidad) de experimentar la sensación de estar incompletos.

¿Por qué si la sociedad fomenta la comparación?, ¿por qué se replica a diario?, ¿nos sorprende que haya miembros de la misma sociedad que se sientan incompletos o insuficientes?

¿Por qué sentirse un fraude si no existe comparación ni competencia alguna?, ¿por qué entonces comparamos todo el tiempo y medimos con nuestro propio parámetro y expectativas a nuestras parejas, padres, hijos, hijas y amistades?

Todos cumplimos con dos papeles: el del problema y el de la solución. Sabernos suficientes, reales y completos es parte de nuestra salud mental y es una responsabilidad personal atenderla. Aunque para vivir en nuestra sociedad, al ritmo que vamos y esperando o exigiendo de los demás todo el tiempo, es comprensible el sentimiento de ser impostores o insuficientes en algún momento.

Es necesario que hagas una pausa y “midas” tu vida. Ir a terapia es darte ese espacio para pausar, para cuestionarte, para reaprender y desaprender, para trazar tu propio camino a sentir plenitud, satisfacción y felicidad.

                                       
Psicoterapeuta Olimpia Montoya

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